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Última actualización:  07/06/2009
 

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Tercer ejercicio del taller de microrrelatos
 
 
 
 

3º) La temática es escribir un microrrelato sobre las Brigadas Internacionales contextualizado en el Madrid de guerra.

 

 

 

YA SE VAN
 
Mi querida  queridísima:
 
Ya debo decirte adiós y lo hago con esta carta que ni siquiera sé si llegará a tus manos. Es todo tan confuso en estos momentos. ¿Sigues en Madrid? Esto es lo más que me atrevo a preguntarme, porque la posibilidad de que ya no existas, me niego a considerarla.
Tú debes seguir viviendo y no sólo en mi recuerdo, no como un fantasma, ni como una musa. Debes de seguir viva y en pié. Fuerte y luchadora a pesar de todo. Combatiendo por la libertad y la esperanza, ahora que la esperanza está desapareciendo sacudida por la realidad de la derrota.
Hace apenas dos años que llegué a estas tierras, con un mensaje de solidaridad. Decidido a luchar contra los que querían acabar con el proyecto de justicia y libertad, de La Republica Española.
Yo amaba y admiraba este país, por eso estudié su lengua y seguí con interés su evolución. Por eso tomé la decisión de venir a defenderlo.
Llegué a Madrid con otros muchos como yo. Desfilé por sus calles, lleno de entusiasmo, el 4 de Noviembre de 19376.
Luego vinieron los duros combates defendiendo la Ciudad Universitaria y la Sierra de Guadarrama, allí resulté herido. Maravillosa herida aquella porque hizo que te conociera, y que al conocerte, al quererte, comprendiera mejor vuestra lucha; hiciera mías vuestras razones. Aquellos meses, primero en el Hospital, recibiendo tus cuidados y tus sonrisas, y luego otra vez en el frente, pero con escapadas gloriosas, para estar contigo, para tenerte cerca. Aquellos meses han sido los mejores de mi vida. Los más llenos de todo, de amor, de ilusión, de solidaridad.
Después la separación, mi traslado a otros frentes y a otras batallas, el comienzo de la cuenta atrás. Entonces lo único bueno eran tus cartas, que me ayudaban a mantenerme lúcido dentro del caos que se iba apoderando de todo.
Y ahora llegó el final, el final para nosotros los Brigadistas. Hoy 28 de Octubre de 1938 nos echan. Mi último desfile será por las calles de Barcelona. Pero no nos echa el pueblo, no nos echan las gentes de este país roto. Nos echan los políticos en un intento, yo pienso que equivocado, de congraciarse con los países extranjeros.
No tengo esperanza de volver a verte, creo que vienen tiempos muy duros para todos.
Sólo quiero que sepas, que por muchos años que viva, nunca, nunca olvidaré tu imagen recortándose sobre el paisaje sombrío, en un atardecer, entre los escombros de la Ciudad Universitaria, besándome, mientras me decías: “Ay, inglesito mío, cómo te quiero”
  

Alma Hernando Fojo

 
LAS BOTAS DE UN HOMBRE CON DOS PATRIAS
 
1ª parte: “El Jarama y James”
 
Llegué a España a finales del 36, fui de los primeros canadienses que lograron atravesar la frontera después de una larga travesía en barco. Llegamos a Perpignan y de allí a Figueras, escondiéndonos de los guardias de fronteras en un duro recorrido por los Pirineos. Un largo viaje en convoy nos llevó hasta Albacete, donde tuvimos un aburrido periodo de adiestramiento. Al principio formé parte del batallón “Lincoln”; en cuanto hubo un buen grupo de canadienses, pasé a formar parte del batallón “Washington”, hasta febrero del 37, que, con más de 500 camaradas, se formó el batallón “Mckenzie Papineau”, para los brigadistas de la XV, el “Mac Paps”… Para aquella fecha yo estaba en Madrid, una ciudad asediada que resistía por el empuje de sus gentes. A los pocos días de llegar, el 11 de febrero, me encontraba defendiéndola por uno de sus flancos: el frente del Jarama. Allí se grabaron en mi memoria algunos de los recuerdos más duros de mi estancia en España… Entre tapias y olivares, ataques y contraataques, bombardeos y fuego de ametralladoras, vi morir a muchos compañeros. Los rostros de algunos amigos del batallón británico masacrados en “Suicide Hill”, o la colina del Suicidio para mis camaradas españoles, se agolpan en mis cabezas confundidos en mis recuerdos con los de mis compañeros de batallón caídos en “vértice Pingarrón”, la batalla de Brunete y de los que perecieron en el “vértice Mosquito”; allí desapareció el batallón “Washington”. Yo, junto a algunos americanos y canadienses sobrevivientes, fui incorporado al “Mac Paps…”
A veces cantábamos tristes Jarama Song en voz baja, como aquella noche del 27 de febrero, entre el barrizal provocado por una intensa lluvia, o con toda nuestra energía, como canto de despedida a los compañeros que allí se quedaron para siempre, cuando, reagrupada la XV Brigada en Morata de Tajuña, con un espléndido sol, marchamos en camiones, tan mermados, abandonando Madrid para siempre…
Hoy, después de leer esta carta, no sólo me han asaltado los recuerdos tristes de una guerra de ideas de libertad, sino también las imágenes de aquel niño tan asustado que recogí, tras un ataque de los aviones de la “Legión Cóndor”: pequeño niño delgado, rapado para no dar cobijo a los piojos, con los ojos casi cerrados, la boca estrecha y apretada… Su casa estaba cercana al puente de Arganda, totalmente destruida. Él temblaba detrás de una encina chamuscada, no sé si de frío, de miedo o –seguramente– de ambas cosas. Yo me acerqué y cómo desconocía bastante el idioma, sólo pude decirle dos palabras: “James, amigo”. El resto de la comunicación fue gestual y definitiva, una sonrisa limpia y mis brazos estirados, con las manos abiertas en señal de acogida, fueron suficientes para que se acercara lentamente, con los ojos bajos, mirando casi a través de sus párpados como un gato que no sabe si le van a ofrecer migas con leche o un puntapié… De la mano le llevé hasta un puesto de primeros auxilios, allí nos despedimos, nos miramos: Tus ojos de color caramelo se hicieron enormes al abrirse y tu boca creció como una azucena cuando sonreíste levemente al recibir los brazos tiernos de una enfermera, de una mujer, de una madre”, y me despediste con la mano, y de tu boca salieron dos palabras: “Miguel, amigo”. ¡Los niños… cómo convierten las palabras simples en mágicas! Miguel, ¿cómo serás hoy? ¡Me gustaría tanto que la vida nos uniera un instante… aunque sólo fuera para regalarte las botas…!
 
2ª parte: “Toronto y Miguel”
 
Le recuerdo muy bien, con su mechón oscuro cayendo rebelde sobre la frente ancha, aquella cara alargada con una barba incipiente y mal afeitada, y su mirada azul, tan transparente como un vaso de cristal y tan tranquilizadora como el rayo de sol que aparece cuando amaina. No niego que al principio tuve miedo: la tormenta de bombas, la casa destruida, la soledad y un extraño más en el valle; pero aquel terror duraba ya tanto que, cuando sus manos huesudas, grandes y fuertes alargadas hacia mí, rozaron mis pequeñas manos temblorosas, intuí un resquicio de humanidad que se me hacía necesario atrapar. Como el naturalista que desea observar cualquier insecto lo más cerca posible, sin llegar a espantarlo de la roca, se acercó, con pasos lentos y con el cuerpo encorvado no sólo por su gran altura, sino también por el afán de llegar a mi tamaño, y sus pies, sobre todo recuerdo sus pies, tan bien calzados, con aquellas gruesas botas que me hicieron sentir calor y vida….
Durante estos 34 años de emigrante, he indagado infructuosamente para saber si aún vivía, hasta que hace cuatro meses, el consulado de Canadá en Los Ángeles, por el momento, mi último lugar de residencia y trabajo, me facilitó por fin su pista y le escribí una carta. Apenas supe que contarle, sólo le referí aquellos recuerdos del árbol tras el que me escondía, los rasgos que de él recordaba y el impacto que sobre mí tuvieron sus botas. No esperaba respuesta, ¿quién podría acordarse de un niño más en una guerra única...?
Me contestó muy rápido, enviándome sus señas, bien claras, y describiéndose, con mucho sentido del humor, para que yo no creyese que me había equivocado de persona, pues –según decía– “su cabello ya no estaba con él y sus manos ya no eran tranquilas y acogedoras, ahora cuando querían saludar, se volvían hiperactivas” pues padecía Parkinson. Con letras enormes me escribió que lo que sí que no habían cambiado eran sus botas… Las había conservado gracias a su primer jefe del batallón “Lincoln”, un americano recto y muy exigente que le había dado en su primera clase de formación en Albacete un gran consejo: “El rifle y las botas son las dos armas que ayudan a un soldado a mantenerse vivo, así pues, no los abandonéis ni para dormir…” Aunque el rifle –me explicó– lo tuvo que abandonar en España, ciertamente las botas le ayudaron a volver a casa… Después me relató cómo, tras la batalla de Brunete, el “Mac Paps” resistió en Teruel y Belchite, y se fusionó con combatientes españoles en el frente de Gandesa, y cómo diezmados, tras avanzar y retroceder varias veces cruzando el Ebro, se ordenó su retirada, teniendo que volver, escondido durante tres meses en masías y casas de labor, hasta la frontera, saliendo por El Vallés y Cassá, de la misma manera en que había entrado, ilegalmente, y volviendo a su país, también, como persona non grata, por haber desobedecido las órdenes de no intervención del gobierno del Canadá y cómo se había convertido en persona sospechosa durante muchos años, en su propia tierra… Por último, me pedía que fuera a verle, porque yo era un nexo con su segunda patria…
Hoy me he despedido de mi último trabajo, subo las escaleras del avión, necesito llegar a Toronto, en la bolsa de mano llevo una cassette, tomo asiento y cuando el avión despega, aprieto el botón y cierro los ojos: suena Red River Valley.
  

Elena Terrones Hernández

  
LOS RUSOS
 
A la mañana siguiente los niños se despertaron revoloteadores, como de costumbre, y su madre no tuvo más remedio que dejarles salir a la calle, no sin antes advertirles que el día estaba claro, que los aviones podían volver y que, si esto pasaba, corrieran a un portal o a un refugio sin pensarlo dos veces. Así que salieron de casa acompañados de su ahora fiel, agradecido y con el estómago lleno, perro. Al llegar a la calle Atocha observaron que en la Glorieta del mismo nombre una multitud gritaba, aplaudía y cantaba. Se quedaron quietos recordando los consejos de su madre y viendo que se dirigían hacia donde ellos estaban.
–¿Qué es eso Guille? –preguntó Ignacio a su hermano mayor.
–No sé, parece una manifestación. Vamos a quedarnos aquí. ¡Quieto Uhachepé! ¿Dónde vas? –dijo dirigiéndose al perro, que olfateaba el aire inquieto. El perro obedeció, pero por su cabeza pasó todo lo ocurrido la tarde de la manifestación y el infierno vivido en la noche del bombardeo. Su pata vendada, herida por eso que los humanos llamaban “metralla” cuando no era más que un trozo de hierro, se lo recordaba. Sin embargo había algo en el ambiente, en el olor, que le decía que esta vez todo iba a ser distinto. Lo presentía, otra vez la famosa intuición canina.
Conforme la multitud se acercaba, los madrileños y madrileñas salían a su paso aplaudiendo desde las aceras o desde los balcones. Los niños se dieron cuenta que eran soldados, aunque no desfilaban marcialmente, iban en fila de a tres y vestían chaqueta de cuero y boina negra. De repente, un grito pronunciado a sus espaldas desde un balcón les asustó de tal manera que los tres, niños y perro, saltaron en el aire.
–¡¡¡Vivan los rusos!!! –gritó, más bien vociferó, una mujer asomada al balcón con la bata puesta y una escoba en la mano.
Los rusos pasaron al lado de los niños, les vieron de cerca. Eran muchos, sonreían y miraban todo con ojos de turista despistado. Guille, Ignacio y Uhachepé, que demostraba su alegría ladrando, aplaudieron el paso de los rusos sonrientes. Un cántico, casi agradecido, entonado por las tropas, comenzó a flotar por el aire:
Debout, les damnés de la terre...
–Es la Internacional –dijo Guille a su hermano y al perro–, pero... eso no es ruso, me parece que es francés. Estos no son rusos, Ignacio, son franceses.
–Bueno, da igual. ¡Vivan los rusos! –exclamó Ignacio riendo y contagiándose de la alegría general, casi convertida ya en un barullo con aplausos acompasados que hacían exclamar “olé” a los supuestos rusos que, según pasaban cantando, iban desvelando su origen.
–...Arise ye prisoners of want...for reason in revolt now thunders... es el fin de la opresión, del pasado hay que hacer añicos...
–Eso es español, también hay españoles, ¿lo oyes? –dijo Guille a su hermano, que observaba cómo el perro intentaba escaparse de su mano.
–Guille, no sé que le pasa a Uhachepé –chilló Ignacio entre el tumulto–, quiere ir con los rusos.
–Bueno, pues suéltale a ver qué pasa.
Uhachepé se dirigió ladrando a uno de los rusos que cantaba en español. Éste miró hacia el perro al observar cómo sus compañeros se apartaban para dejarle paso.
–¡Manchas! ¿Qué haces aquí? –Uhachepé reconoció su viejo nombre olvidado, pronunciado por su añorado amigo, aquel al que había estado esperando tanto tiempo en la puerta de su casa–. ¡Manchas! Tuvimos que dejarte, amigo, tuvimos que evacuar a los niños –le decía su antiguo dueño con voz emocionada y apresurado por no perder la fila de la formación. Uhachepé, antiguo Manchas, lamía las manos y la cara de su amigo ruso que hablaba español y que había vuelto por fin. Pero la formación y el curso de la guerra no admitían esperas causadas por un simple perro que se volvía a encontrar con su amo.
–Vamos, compañero, tira p´alante que no estamos para ñoñerías –refunfuñó uno de los soldados. Y Uhachepé, o Manchas, como el lector prefiera, vio alejarse a su amigo e intentó ir tras él, pero una mano infantil le agarró por el collar.
–No te vayas Uhachepé, quédate aquí. Van al frente, tú no puedes ir allí, puede pasarte algo –le dijo Ignacio casi llorando.
El perro miró al niño, le lamió en la cara y gimió en silencio mientras la formación de soldados se alejaba calle Atocha arriba, llevándose a su amigo, perdido de nuevo y el himno en mil lenguas cantado desaparecía poco a poco.
Debout, les damnès de la terre, debout les forçats de la faim...
  

José Mª Sánchez

 
 
LA GRAN VÍA DE LOS BRIGADISTAS
 
Era otra mañana de noviembre sin colegio en todo Madrid por lo de la guerra y, mientras mi madre me recordaba que tenía que bajar a por el pan, la portera gritó en la escalera:
 
–¡Que ya están ahí desfilando los rusos!
Bajé inmediatamente hasta la esquina de Telefónica y vi cómo aplaudía la gente a aquellos hombres grandes con sus boinas y chaquetones de cuero negro. Les pude entender alguna palabra, no sabía yo que su idioma se parecía tanto a mi francés del Bachillerato. Supongo que por eso al puente que defendieron contra los moros le llamaron “de los Franceses”.
A partir de ese día y para siempre, nos había cambiado el viento y la partida la teníamos ya ganada. Así que me volví a casa cantando todos nuestros himnos. Pero en el mismo portal... ¿y el pan, me lo habrían guardado esta vez? Seguro que sí, que después de lo visto ya no nos iba a faltar nunca.
  

Vicente González Vicente

  
SIN CONCESIONES
 
Antes de que le hirieran ya se había mostrado interesado por la gastronomía española. Pero poca gastronomía iba a catar según marchaban las cosas. A Madrid llegaba lo justo, y nada de variedad. Y al frente menos. Del boniato, la patata y la lenteja no salíamos. Luego no sé lo que le esperaría en el hospital; supongo que algo mejor, pero nada para tirar cohetes.
Al parecer había sido cocinero en su país, aunque no me pregunten cuál. Anglosajón seguro. Ahí se demuestra mi interés por estos tíos. Ni me va ni me viene de dónde vengan. Lo único que me importa es que han venido a luchar en esta cochina guerra, y eso es lo substancial. Lo demás sobra. Cuanto menos información tengas del tipo que comparte la trinchera contigo, mejor. Así no le coges demasiado apego; por si le pegan un tiro y se lo cargan, más que nada, y no tienes que estar recordando sus historias. Yo ando escarmentado desde el principio del baile. El Higinio se subió conmigo para la Sierra a los pocos días de empezar el jaleo. Nos habíamos conocido en el patio del colegio de Francos Rodríguez y desde allí fuimos al cuartel de la Montaña y después a Carabanchel. Hicimos buenas migas y pegamos tiros juntos desde entonces, hasta que un requeté se lo cargó en una descubierta a principios de septiembre. Cago en la hostia, era gracioso el condenado. Supe de él toda su vida, de pe a pa, pues me la contaba durante las guardias; incluso en un permiso en Madrid me presentó a sus padres y a su hermana. Menudo mal trago pasé cuando tuve que ir a darles el pésame. Desde entonces me he cuidado mucho de coger apego a alguien. Por eso no tengo muy buena prensa entre la gente de la compañía.
Pues el andoba este se presentó el día que los fachas apretaron de verdad para tomar la ciudad. Pertenecía a una de las brigadas internacionales que se preparaban en Albacete, y que los mandos desplegaron por la Casa de Campo y la Universitaria para contener a los moros y a los legionarios. Hola, dijo medio sonriendo, mi nombre es John. Tócate los cojones, nos dijimos todos. Anda, John, majete, agacha la cabezota y ponte a pegar tiros como los demás. Y lo hizo, y bien. Le echó arrestos. En una pausa en los combates alguien le preguntó que cómo había llegado allí. Para qué queríamos más. El tío se enrolló de lo lindo y mal se explicó con un castellano con el que parecía masticar goma de mascar. Yo desconecté la oreja y me puse a leer un panfleto de los comunistas que había traído uno de Mundo Obrero. Creo que fue ahí cuando soltó lo de que era cocinero en su país. No sé quién le dio carrete y empezó a hablar de comida. Nosotros con más hambre que un perro y no hizo otra cosa que hablar de los platos que elaboraba en su restaurante con todo lujo de detalles. Yo dejé de atender a las letras del panfleto porque no me enteraba de nada y se me empezó a hacer la boca agua. Fue después cuando el tío pasó a contar que le apasionaba la gastronomía española y que, incluso, probaba a hacer recetas en su local, pero que aún no tenía el punto cogido. Eso es por el aceite, opinó un listo. Seguro que usa mantequilla y no aceite de oliva. El ensueño pantagruélico colectivo lo finiquitó de cuajo un paco con buena puntería, que acertó al narrador en la clavícula. Estoy por decir que si no lo hubiese hecho el paco le hubiese pegado un tiro yo mismo, porque ya empezaba a hablar de paella, y no hay cosa que me guste más que la paella.
  
 

 Fernando J. López

 

 

 

 

 

 

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