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Última actualización:  20/03/2009
 

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Segundo Ejercicio del Taller de Microrrelatos
 
 
 
 

2º) Trabajar el recurso narrativo de la prolepsis. La definición del término en Wikipedia es ésta:

"En sentido literario se refiere a un salto hacia adelante en la narración, mediante el cual se adelantan al lector/a elementos de la trama, de modo que antes de leer la novela ya sabe o al menos intuye cuál va a ser el final".

Un ejemplo claro de este recurso es Crónica de una muerte anunciada de García Márquez. Éste empieza su novela así: El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Siguiendo con el mismo ejemplo, se puede comprobar que el título ya avanza el meollo (final) de la historia.

Ejercicio: Utilizar la prolepsis en un relato contextualizado en el Madrid de guerra. El tema será libre y las limitaciones las de siempre: una página a tamaño 12. Importante el título, a ver si se consigue adelantar el final en él como hace Gª Márquez.

 

 

 

EL PRINCIPIO DEL FIN

 

“Qué ocurre en Madrid, mi general”, preguntó Negrín. “Me he sublevado”, respondió Casado. “¡¿Que se ha sublevado?! ¡¿Contra quién?! ¡¿Contra mí?!” “Sí, contra usted y no soy ningún general, sólo un coronel que pretende cumplir con su deber.” “Entonces considérese usted relevado del mando”, concluyó Negrín…

Y éste fue el principio del fin. Aquel 5 de marzo de 1939. Juan, de pie, firme, al lado del teléfono, no entendía nada, no acababa de asimilar las palabras que había pronunciado su coronel. ¿Contra quién se habían sublevado? ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Ya no eran republicanos? ¿Debían continuar luchando? Pero, ¿al lado de quién? Todas estas preguntas se agolpaban en su cerebro, llenándolo de confusión. Hasta ese momento todo había estado claro. Había que luchar y que cumplir las órdenes de sus superiores.

A su mente volvió la imagen de aquel día de 1936. Era verano, hacía calor; él estaba tranquilo echando la partida en la taberna con los amigos, con bromas y un chato de vino al alcance de la mano. De pronto entró el Rufino gritando:

            –Amigos, todos a la casa del Pueblo, que hay noticias. Los fascistas se han levantado. Los compañeros están reclutando gente para defender la capital. ¡Todos a Madrid, allí nos necesitan!

Y después llegó ya todo fue rápido. El viaje en los camiones entre canciones y banderas. La llegada a la capital, el entrenamiento en el patio de un colegio. Y en menos de dos meses el campesino, el hombre que sólo conocía su pueblo, había cambiado la azada por el Máuser; se movía con soltura por las calles de la capital hasta intercambiaba besos y caricias con una muchacha, que llevaba pantalones de hombre en vez de las faldas coloridas de las jóvenes de su pueblo. En ese tiempo también había aprendido por qué debía defender a la República; antes lo intuía, ahora ya lo sabía, sabía manejar las razones y también sabía que él era un soldado que debía obedecer órdenes de los hombres que estaban al mando, que eran militares de profesión que amaban y defendían a la República. Hasta ese momento tenía una misión y unos jefes que sabían lo que se debía de hacer. Pero de pronto todo estaba patas arriba, su coronel le decía le Presidente que se había sublevado, entonces también él, Juan, se había sublevado, pero no sabía por qué, nadie le había explicado nada, y eso no estaba bien, las cosas no son así, las cosas se dicen y se hablan. Pensó preguntarle al coronel por sus razones para lo que había dicho, pero el coronel ya se había marchado. Había abandonado el despacho. Entonces Juan tomó una decisión: saldría del cuartel tranquilamente y se marcharía a Capitanía o al Ministerio, donde fuera, ya se enteraría por el camino. Y cuando llegara donde estuviera Negrín, pediría verle para que él le explicara lo que debía de hacer. Había dejado de creer en su coronel.

 

Alma Hernando Fojo

 

 

QUE NO CREA EL CABO QUE VA A DORMIR AHÍ TODA LA NOCHE

 

Al llegar a la plaza, al primer vistazo notó a la gente rara. Aunque no hizo falta más: Juan Quiñón, el vecino que siempre lo había tratado como si fuese su propio hijo, se adelantó con la noticia:

–Tu hermano está mal. Se lo han llevado a tu casa. Le ha dao un tiro el falangista de la banda.

–¿Cómo está? –dijo “el Vito”.

–Está mal –repitió Juan Quiñón.

–¿Pero...?

Juan bajó la cabeza asintiendo, al mismo tiempo que entornaba los ojos.

–¿Dónde está?

–Se ha encerrao en la posada.

–Pues que no crea el cabo que va a dormir ahí toda la noche –dijo “el Vito”.

–No, Vito, no te compliques –rogó Juan Quiñón.

–No me complico, es mi hermano. ¡Ese tío no mata a más nadie!

Martín Oñate, Vitorino, más conocido por “el Vito”, hijo mayor de Fulgencia y Vitorino, venía caminando tras sus burros cargados de leña. El jornal de peón resinero se complementaba con lo que se obtenía con la venta de la leña que la entresaca de los pinos y las astillas de la resina dejaban en el pinar… A veces la leña era para el consumo propio. El municipio siempre había permitido este beneficio extra a los paisanos. Así permitía a la vez la limpieza del monte gratis para el ayuntamiento, de modo que todos salían beneficiados. A veces la madre le decía:

–A ver si me traes una “carga”.

Entonces, ese mismo día, la carga de leña la descargaba “el Vito” ya anocheciendo, en la puerta del corral.

“Los Vitos” tenían fama de rápidos y de pendencieros. Algunos los tomaban por personas de orden y la justicia y dignas de respeto, y otros por alocados justicieros que no atendían a razones. A ellos no les gustaba que se torciesen las cosas. Es verdad que cumplían siempre su palabra. Hacían las cosas al momento y no podían entender el mundo de otra manera.

“El Vito” venía con su faena hecha y algún conejo entre las mantas y la albarda, que había cazado hacía dos horas en Los Puntales, al borde del pinar y lejos de las miradas de la gente y que pasaba, también discretamente, a la casa, pero que una vez dentro dejaba sobre la mesa con una sobria expresión de orgullo y cautela:

–¡Pa la cena! –decía en voz baja.

La madre despellejaba el conejo al lado de la chimenea, a la luz de la llama y el candil y “en diez minutos estaba el conejo dando vueltas en la sartén como antes las daba por las vegas”, solía retahilar la madre, dándose las mismas ínfulas por despellejar conejos que César por sus conquistas.

“El Vito” paró a los burros delante de la posada a la entrada de la plaza y como si no pasara nada tiró de la cuerda que sujetaban los haces y la leña cayó al suelo. Cogió un haz de leña y lo puso en la cocina de la posada como tantas otras veces había hecho, cuando se lo encargaban. “El Vito” conocía la posada desde siempre, como conocen los niños las casas de otros niños en los pueblos y más si es una casa abierta a todos como es la posada.

–Josefa vete con tu madre –le mandó a la posadera.

Josefa entendió la severidad del tono tajante con más orden que ruego. Se vio intimidada ante una voz que nunca le había oído.

–¡Vito..., Vito...! –dijo con una vocecilla que apenas le salía de la garganta por la conmoción del momento, intentando mediar.

“El Vito” lanzó una mirada primero a ella y luego a la calle, al tiempo que sacaba la escopeta del haz de leña, interrumpiendo todo diálogo. Josefa salió, como sale un niño cuando le manda algo el padre sintiendo la impotencia y la rabia ante la tragedia que no podía evitar.

“El Vito” montó la escopeta, cerró el portón de la posada con la tranca, acercó el haz de leña a la puerta de la habitación del cabo y con los restos del rescoldo y algunos troncos ardientes de la chimenea prendió fuego al haz de leña. Las teas secas, del mes de julio, empapadas de resina empezaron rápido a arder.

De la habitación no salía ni un susurro. Una humareda empezó a extenderse por la cocina. Un chorro de humo se iba filtrando por las ranuras de la puerta a la habitación del cabo. La puerta empezó a arder y dentro no se oía  más que el crepitar de las llamas y los crujidos de la madera. En diez minutos empezaron a oírse manotazos espantando el humo y en veinte las toses se repetían insistentemente. “El Vito” esperaba con los ojos llenos de ira contenida, sentado en una silla al lado de la chimenea, preservándose del chorro ascendente de humo, con la escopeta apuntando a la puerta.

Desde la calle algunas voces conocidas llamaban a “el Vito” pidiéndole que abriera.

–¡Vito...! ¡Vito!

–¡Yo no quería disparar! ¡Yo no quería disparar! –repetía el cabo con una voz desesperada asomándose al quicio con la cara congestionada como quien sale del infierno.

–El que no quiere disparar no lleva pistola –sentenció “el Vito”.

Dos tiros retumbaron en la posada.

Instantes después “el Vito” se despidió de su madre y su padre y salió del pueblo para alistarse en el ejército republicano.

 

Antonio de Haro

 

 

LA EXPLOSIÓN

 

La explosión hizo que retumbase toda la capital; la fábrica de granadas de mano del chalet del barrio alto, saltó por los aires en el momento en que Rosita bajó al subterráneo gritando: ¡Va a explotar!... Nunca supiste si fue sabotaje o no, pero murió mucha gente trabajando ahí dentro, allí decidiste alistarte…

Tú volvías caminando desde la plaza del “Gua”, en realidad se trataba de la plaza de Santo Domingo, pero en el barrio la llamabais así, por la gran cantidad de agujeros que los chupinazos de los aviones sublevados le habían obsequiado en los primeros meses del 37. Era una tarde clara de marzo, los días crecían poco a poco y, aunque todavía hacía bastante frío, en Madrid ya olía a primavera. La actividad por la Gran Vía y sus alrededores resultaba frenética, y tú te olvidaste por unos momentos de que estabais en guerra. Observaste a las muchachas que paseaban en pequeños grupos, alborotando y riéndose a carcajadas, algunas se volvían a tu paso y sonreían cuchicheando entre ellas, sabías muy bien que tus hermosos ojos verdes atraían su atención, y eso te hacía sentirte grande pese a tu complexión menuda.

Bajabas feliz, ajeno a todo… Cuando llegaste al muro de la musa: “la linda tapada”, recordaste el día en que los madrileños “la atrincheraron”, después de que una bomba arrojara al traste los hocicos de sus leones; atravesaste Alcalá con la intención de dar un paseo entre los árboles centenarios del Parque del Retiro, estabas a punto de salvar la verja, cuando una fuerte explosión retumbó haciendo añicos la paz…

El metal de la puerta del parque llamó a muerte como una gran campana de iglesia. Se te aceleró el pulso y corriste con todas tus fuerzas hacia el Barrio de Salamanca: el chalet ya no estaba… Gritos, llantos, muertos y un humo espeso y gris que lo cubría todo agitaron tus sentidos. Tú mismo habías ayudado algunas tardes a montar el mecanismo de las granadas: al principio eran muy rústicas –tubos de hierro con un tornillo y una tuerca por un lado y sombrerete de lata por el otro, a través del cual se asomaba colgando una mecha–; los estudiantes de química las mejoraron después añadiéndoles palanca… Ayudaste a remover escombros, encontraste a tus hermanos gravemente heridos en el patio del chalet y entre los muchos muertos, las muchachas… Te acordaste de las chicas sonrientes de la Gran Vía, ellas ya no podrían…

Apenas habías cumplido 17 años, te marchaste con tu familia a Barcelona y te enrolaste en el pelotón de dinamiteros, al fin y al cabo, habías nacido en Granada, tu partida de nacimiento estaba secuestrada como la ciudad y nadie podía verificar tu edad…

Setenta años después volviste a Madrid, me regalaste este triste pedazo de tu memoria y haciendo gala de tu sentido del humor, tu lúcido optimismo y tus ganas de vivir, le pusiste un broche de oro para quitar el regusto amargo: me contaste cómo escribieron una noche en el muro de la Cibeles: “Destaparme que los quiero ver entrar”, y cómo otra noche, perdida ya la guerra, alguien se atrevió a corregir: “Taparme que ya he visto bastante.” …Y nos reímos mucho, era una tarde de primavera…

 

Elena Terrones Hernández

 

 

LA LETRA ERA LA MISMA

 

Nadie puede decir quiénes fueron los que apretaron el gatillo, eso no, pero a los milicianos que fueron a por él, con brazaletes rojos y armados con fusiles, los vieron los tres dependientes. Y los que estaban en el Tribunal del Pueblo son gente conocida. El amigo no se olvidará de ellos en la vida, aunque el hombre no quiera hablar de eso con nadie. Además, allí había más gente. Hasta había uno que tiene un puesto en la Junta de Defensa creo, un tal don Arturo. Con que, en su caso, lo de menos es quién lo ha hecho. Él quiso aprovecharse de la situación y le salió el tiro por la culata. Y la familia fue a buscar el cuerpo directamente a las tapias del matadero, porque sabían bien que allí se lo iban a encontrar. Allí estaba, mirando al firmamento, con el traje que había estrenado aquel mismo día. Con lo presumido que era, que parecía un figurín. Era martes. Hacer ahora justo quince días. Lo comentaron los empleados a la hora del café –suelen tomárselo aquí cuando no tienen muchos clientes– que estaba más animado que nunca y que les había dicho que los cafés los apuntaran en la cuenta de él. Porque era bastante charlatán y algo fanfarrón. Pero en la cafetería siempre debía algo y a los empleados les pagaba tarde y mal. Así que los milicianos llegaron por la tarde, poco después de abrir. Yo vi el coche con la hoz y el martillo parado en la puerta. Como suelo estar siempre sirviendo en la barra… desde aquí se ve muy bien la zapatería. Los empleados se quedaron un poco sorprendidos, pero los milicianos dieron las buenas tardes y preguntaron de buenas maneras, y como ahora hay gente con fusil por todo Madrid, pues no se alarmaron: igual venían a por zapatos. En ese momento él estaba en la trastienda. El muchacho le dijo desde la tienda que unos señores preguntaban por él. Salió y, al verlos, parece que se sorprendió un poco, pero dijo: “Hola, camaradas.” Eso sí que les dejó a los otros mosqueados. Le dijeron que tenía que acompañarles y él dejó en el mostrador la caja de zapatos que tenía en las manos salió con ellos sin más. Así lo cuentan los empleados. Desde aquí le vi entrar en el coche. No llevaba pinta de ir a la fuerza, pero a mí sí me dio mala espina. No volvió. Los otros cerraron la zapatería a la hora de siempre y se marcharon. El miércoles no se presentó. Los empleados lo comentaron aquí y nos preguntábamos que qué era aquello de “Hola, camaradas”, si a él la política siempre le había traído al fresco. Quién se iba a imaginar lo que había hecho. Por la tarde se presentó su mujer con un familiar. Ya iba de negro, pero toda enjoyada, como siempre. Les dijo que tenían que cerrar la zapatería, que a su marido lo habían asesinado. Y no les dio más detalles, que no sabía quién ni cómo ni por qué. Que se tomaran unos días de descanso. Se quedaron de piedra. Como me quedé yo cuando me lo contó el muchacho el jueves por la mañana. Pero la mujer claro que sabía. Luego nos hemos ido enterando y ahora ya lo cuenta todo el barrio. Lo llevaron al Tribunal del Pueblo de Caballero de Gracia y allí estaba el amigo, que se quedó pasmado al verlo. Encima de la mesa tenían un papel muy raído que le habían encontrado al amigo en la cartera, que era un pagaré por valor de diez mil pesetas, escrito de puño y letra. Le preguntaron que si él había escrito eso. Y después le sacaron un documento, también escrito a mano, en el que denunciaban al amigo por proteger a falangistas y por colaborar con la CEDA. Los del Tribunal se habían dado cuenta de que la letra era la misma. El amigo, hasta ese momento no había visto el papel de la denuncia. Al instante lo comprendió todo, pero no se lo podía creer. Le había hecho ese préstamo al figurín tiempo atrás para que abriera la zapatería. El hombre no podía ni hablar. Sólo le preguntaba a gritos “¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!” Pero al momento entendió que ahora le caía al otro la sentencia de la que él había escapado por los pelos, que esa gente no se anda con miramientos. Y se puso a defenderlo. Imploró y suplicó hasta de rodillas. Le perdonó al otro, hasta ofreció donar a los sindicatos su automóvil y lo tienda que tiene en Concepción Jerónima para que le perdonaran la vida. No sirvió de nada. Al zapatero se lo llevaron encañonado y al amigo lo echaron de allí a empellones. Ahora el hombre tiene remordimientos. Hay que ver. Lo que son las cosas.

 

Enrique Martínez Gorroño

 

 

CAUTIVO Y DESARMADO

 

Aquella mañana, mientras preparaba el desayuno del general, Filomeno se acordó de su trompeta y de su precipitada caída, ladera abajo, por la Montaña del Príncipe Pío, después del asalto. Recordaba con nostalgia que cuando llegó a la estación un tren partía hacia Galicia en ese mismo momento. No lo pensó dos veces, se quitó la guerrera, la tiró en un rincón e intentó comprar a un mendigo la chaqueta sucia que llevaba puesta.

–A sus órdenes mi brigada –le dijo el mendigo–. Porque usted es militar por lo menos. No hace falta que me pague nada, se la cambio por esa trompeta en beneficio de la Patria. Todo por la Patria, mi brigada.

–¿No quiere usted dinero?

–¿Para qué? –dijo el mendigo haciendo un ademán de desprecio–. ¿Para qué quiero yo el vil metal, estando como estoy? ¿No me ve? Desarmado, no tiene por qué tenerme miedo, estoy desarmado. Y cautivo. Estoy cautivo del vino, del elixir de los dioses, de la ambrosia... cautivo... –Filomeno cogió la chaqueta, le dio la trompeta con algo de tristeza y se subió de un salto al tren, que arrancaba ya.

–¡Cautivo! –gritó el mendigo puesto en pie, cuando Filomeno se asomó a una ventanilla–. ¡Cautivo y desarmado mi brigada! –dijo tropezándose y diciéndole adiós con la trompeta en la mano.

Después el tren se alejó, Madrid quedó muy atrás y la vida, siempre tan inesperada, situó a Filomeno como asistente del general. Café solo, pan tostado y un poco de miel: el militar tenía gripe. Sin embargo, escribía algo en una cuartilla y se le veía pensativo, dubitativo. ¿Sería la fiebre? De repente lanzó una exclamación, levantó la vista al vacío y arrojó la pluma a un lado. “No consigo terminarlo, Filomeno; este constipado me tiene harto”, dijo con voz nasal. “¿Qué no consigue terminar su Excelencia?”, preguntó Filomeno y éste le contestó que “el parte, que se la había quedado atascado”, mientras bebía con cuidado de la taza de café caliente.

–¿Qué lleva escrito su Excelencia si no es indiscreción?

–Pues nada, no llevo escrito nada, sólo “En el día de hoy” –contestó el general.

–¿Y qué es lo que quiere expresar su Excelencia? –preguntó Filomeno con cautela.

–Pues que hemos ganado la guerra a los rojos ¿qué piensa usted que voy a querer expresar? –dijo el general en tono un poco molesto–. Que están en el puerto de Alicante cercados, rodeados... pero no me sale la frase precisa. Un parte final de guerra tiene que ser conciso, no tiene que dejar dudas, tiene que pasar a la Historia.

–¿”Prisioneros” tal vez, Excelencia?

–No, no es exacto y es demasiado vulgar. Además hay que decir que ya no pueden defenderse, que no tienen armamento.

–”Cautivos”, entonces. Y la palabra para lo del armamento es “desarmados”, Excelencia –dijo Filomeno con infinita paciencia mientras miraba, pensativo, por la ventana a la lejanía.

–Cautivos y desarmados... eso es –dijo el general asintiendo y volviendo a coger la pluma, esta vez con decisión y gesto marcial–. Eso es... “cautivo y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares...” Gracias Filomeno, es usted un genio. Recuérdeme que le proponga para una medalla.

–No hay de qué, Excelencia, siempre a su servicio y al de España –Filomeno sonrió, mientras venía a su mente la imagen de aquel mendigo con una trompeta en la mano en la estación del Norte.

 

Jose Mª Sánchez

 

LAS DOS ESTABAN VIVAS

 

Miguel volvió a despertarse y, al sentirse junto a su mujer y a su niña, vio que estaban realmente vivas, que no era una fantasía. Poco le importaba tener su casa medio en ruinas y dormir en el suelo sobre esa colchoneta. Estando bien los tres, todo se iría arreglando. Así que regresó a sus sueños.

Le volvió el sabor de aquella cena del 19 de noviembre. A Carmen le había quedado la tortilla de patatas jugosa y dorada, como más le gustaban tanto al padre como a Clarita. El poco pan acompañó a una fina loncha de queso y, por si fuera poco, todavía les había conseguido de postre un trocito de carne de membrillo. Vamos, que si para Navidad lo podían igualar, ya se podían dar con un canto en los dientes.

Como a él le tocaba turno de noche en la Telefónica, se ocupó de acostar antes a la pequeña para que se durmiese más tranquila. Al poco rato se despidió de Carmen y con su termo de café recorrió la escasa distancia que había entre aquel enorme edificio y su antiguo quinto piso en la calle de Fuencarral. Sabía que en esos momentos su cantidad de trabajo iba a depender, más que nada, de las muchas llamadas que se hacían cuando se les venía encima uno de esos bombardeos. Aquellos moscardones invisibles los soltaban casi siempre de madrugada y en el centro de la ciudad.

Tras unas primeras horas bastante tranquilas, no podía creerlo: primero algunos cañonazos lejanos y, algo más tarde, ya está aquí el puñetero ruido de las “pavas” y cada vez más cerca. Pero… ¿qué les hemos hecho? Se oyen sirenas, tiene que coger la linterna y tras una primera explosión cercana, otra más acompañada de un fogonazo que hace temblar hasta el suelo. ¡Carmen, Clarita! Abre la ventana y se le mete una gran polvareda que viene desde su calle. ¡No, a ellas no!

Baja casi rodando las escaleras y al intentar acercarse a su casa, los escombros del edificio colindante se lo impiden. No se ve casi nada, vienen gritos de abajo que hielan la sangre, van apareciendo vecinos que quieren ayudar pero casi todo lo que tocan les quema. Miguel lo que quiere es llegar a su mundo, a su vida, sube por encima de los cascotes y observa que el muro de separación de su casa está medio caído. Intenta subir, pero más allá de la cuarta planta no queda ni un peldaño. ¿Habéis visto a mi mujer y a la niña? Nadie sabe nada, ve que van sacando cuerpos y al destapar sus caras siempre lo mismo: bocas y nariz repletas de tierra y esos brazos y piernas que se descuelgan al moverlos.

Entre maldiciones y llantos busca cualquier viga, cuerda, lo que sea para trepar por el hueco de la escalera y aparece Mariano, el viejo portero de enfrente que le conoce desde que nació. ¡Miguelín, apártate de ahí que se te va a venir todo encima… anda… vente para acá! ¿No sabes que en cuanto he oído los cañonazos, y por eso de que en este barrio casi siempre dan en lo alto, me he bajado a tus chicas a casa?

Aquella portería estaba abarrotada de colchonetas y gestos de terror. En un rincón, Carmen abrazaba a su niña, saltaron las dos hacia él y se dieron cuenta que todo era así de verdad, que no estaban soñando.

 

Vicente González Vicente

 

Y CAYERON

 

Cuando vio abrirse la plataforma y descender los mil kilos de bombas, el peso que se quitó de encima no sólo fue físico, mil kilos ya eran kilos, sino que también lo fue mental. Y es que lo que le pasaba por la cabeza al unteroffizier[1] Berndt cuando comunicó al piloto el momento justo en que éste tenía que accionar el lanzador de las bombas no se centraba precisamente en que se acertase o no en el objetivo. Lo importante era soltarlas y salir pitando. Daba igual dónde cayesen con tal de poder salir de allí cuanto antes. Que se alcanzase la batería del quince y medio que había en el Retiro le importaba poco.

Tanto él como los restantes miembros de la tripulación eran conscientes de que el Junkers era muy lento y que los nuevos aviones rusos eran una amenaza bastante seria como para entretenerse demasiado sobre el cielo plomizo de la ciudad. Pero era lo que había. Ahora, cada vez que realizaban una misión, convivían durante la misma con una sensación de inseguridad que no habían sentido desde que aterrizaran en España, dos meses atrás. Realmente, esa sensación había llegado unos diez antes tan de improviso como los causantes de la misma: los condenados aparatos rusos. Hasta ese momento su guerra había sido placentera, sin contratiempos; unas cuantas misiones diarias, un bombardeo por aquí, un transporte por acá, un abastecimiento por allá. Vida sencilla de aviador. Pero el asunto había cambiado en Madrid. Llevaban desde el 30 de octubre bombardeando la ciudad, es decir, veinte días, y las cosas se habían complicado.

El radio-operador Berndt había bajado momentos antes por la escalerilla hasta la especie de cubilete que había en la panza del avión y que, previamente, había sido extendido en vuelo. Y es que el sistema de lanzamiento del Junkers era de lo más rudimentario: cálculo de la distancia a ojo, comunicación con el piloto cuando se marcase el objetivo y lanzamiento de la carga mortífera por parte de éste. Luego se recogía el cubilete y a casa.

Serían cerca de las cuatro de la tarde cuando las formaciones de bombarderos llegaron a los límites de la ciudad. Los aviones rusos estaban esperándoles. Habían salido de ningún sitio. Eran aparatos pequeños, biplanos como sus propios Heinkel o los Fiat italianos, pero rápidos como el que más. Había comenzado un baile de avispas de consecuencias desconocidas.

Al unteroffizier Bendt le cayó un goterón de sudor por la frente cuando el piloto del Junkers empezó a maniobrar en busca de la protección de la caza propia; Berndt sabía que había llegado el momento de bajar por la escalerilla y ubicarse en el cubo metálico para iniciar su tarea de localización. Mientras accionaba la palanca que hacía descender la escala, el unteroffizier Brötzmann empezó a dar uso a la única ametralladora del avión, ubicada en la parte dorsal. Los aviones enemigos les estaban rondando con intenciones nada amistosas.

El cálculo del objetivo no fue tan ortodoxo como indicaban los manuales de instrucción, pero Berndt sabía que ninguno de sus compañeros se lo reprocharía cuando vio el morro del primer Curtiss[2] aproximarse desde abajo disparando las ametralladoras. El visto bueno al lanzamiento estaba dado.

 


[1] Este grado del Heer (Ejército) alemán podría equipararse al de cabo 1º en el Ejército español.

[2] Los nacionales llamaron Curtiss al Polikarpov I-15 “Chato”, confundiéndolo probablemente con el Curtiss Sparrowhawk.

 

 

 

 

 

 

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