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Última actualización:  13/04/2009
 

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Primer Ejercicio del Taller de Microrrelatos
 
 
 
 

1º) Escribir un texto (una hoja máximo de extensión) cuyo protagonista sea Filomeno Música (la voz narrativa será libre), un falangista, que se encuentra en Madrid el 20 de julio de 1936.

 

 

EL NUEVO NOMBRE

 

Se miró en el espejo satisfecho de la imagen que éste le devolvía. La camisa azul, sin arrugas, perfecta. Las mangas arremangadas por encima del codo le daban ese aspecto de masculinidad que tanto le gustaba. La boina roja debidamente acomodada sobre el hombro izquierdo, sujeta por una trabilla. La insignia de tela con el yugo y las flechas cosida sobre el bolsillo de la camisa. Todo su porte respiraba energía. El “ardor guerrero” de la canción se reflejaba en sus ojos oscuros, esos ojos tan alabados por su madre, y que ahora brillaban esperanzados, mirando hacia ese futuro que estaba seguro llegaría en breve.

Todo había comenzado, o quizás podía decir que estaba a punto de terminar. La resistencia sería breve, y en unos pocos días Madrid vería desfilar a las milicias de la Falange. La savia nueva que restablecería el orden, ese orden que la República había pisoteado. Y en ese desfile victorioso iría él, con paso marcial y alegre. Quizás hasta habría conseguido alguna condecoración, alguna mención honorífica. “Al falangista Filomena Música, por su valiente comportamiento…” Vaya por Dios, una vez más en su vida irrumpiendo y estropeándolo todo. Su nombre… Ese nombre que había arrastrado desde pequeño con vergüenza, que había estropeado todos sus logros. En el colegio llegó un momento en el que ya no quería ganar premios, sólo por no oír su nombre y ver las sonrisas disimuladas de sus compañeros. Ese nombre que le había hechor retroceder ante más de una chica por temor a presentarse. Y que además iba seguido de un apellido tan sonoro. Porque quizás Filomeno González o Fernández hubiera pasado más desapercibido, pero con semejante apellido la carcajada y el chiste eran fáciles.

Volvió a mirar fijamente la imagen del espejo y tomó una decisión. No estaba dispuesto a seguir así durante toda su vida.

Alzando el brazo derecho con firmeza y gallardía, como diría su padre, pronunció en la soledad del cuarto el siguiente juramento:

            –Prometo, que en este día 20 de julio de 1936, el nombre de Filomeno desaparece y de sus cenizas resurge el nombre nuevo de José Antonio, que al igual que nuestro insigne Fundador, dará gloria a España y a la Falange.

 

Alma Hernando Fojo

 

 

EL AMIGO

 

Aquel día de Febrero, Filomeno se encontraba en las butacas del cine Padilla, tenía 19 años, tras el discurso de José Antonio se exaltó como era habitual en él; comenzó a creerse que los falangistas no eran ni de derechas ni de izquierdas, sino los auténticos salvadores del orden y los principios patrios, se sintió un hombre y decidió afiliarse. Aunque llevaba varios meses disertando sobre ese tema con sus compañeros de almacén y de juergas, nunca se había sentido tan seguro de lo que hacía; ahora podía autentificar su discurso, demostrando a sus amigos que tenía carnet.

Filomeno, que tenía el don de la oportunidad, comenzó a asistir a las reuniones del local de Falange que estaba a dos manzanas de su casa, justo cuando empezaba a caldearse el ambiente; allí empezó a relacionarse con algunos jóvenes del barrio que tenían la costumbre de hacerse notar y Filomeno siempre entraba al trapo; ahora apenas veía a sus antiguos compañeros de jaranas. Como había hecho siempre, caminaba con las manos en los bolsillos entonando música con un silbido fuerte y bien afinado; aunque los transeúntes solían volverse a su paso, lo cual le producía un inmenso gozo, Filomeno percibía que se había producido un cambio, ya no provocaba tantas sonrisas, algunas eran de cuarto menguante y con extraños y cómplices guiños y demasiadas las miradas neutras.

«Mucho sordera hay últimamente en Madrid», pensaba Filomeno mientras se esforzaba por mejorar el compás.

El 20 de Julio, era un día especial, no en vano coincidía con su cumpleaños. Filomeno, se acercó silbando a la taberna de sus padres, esperando que llegaran sus amigos; había tenido la osadía de convocar a todos para tomar unas cañas acompañadas de unos riquísimos callos con garbanzos que había preparado su madre. En contra de lo previsto, sólo se acercaron un par de compañeros del almacén: Benito, que había compartido con él campeonatos de peonza y carreras de chapas desde los primeros años de escuela y Germán, un chaval callado que salía de juerga en contadas ocasiones.

–Hoy cumplo veinte años, ¿cómo es posible que no acudan mis amigos a celebrarlo? No entiendo…

–Efectivamente, no entiendes nada ¿no sabes cómo están las cosas? –le cortó en seco Benito–. Llevas cinco meses metido en ese local, apenas te codeas con tus compañeros y amigos de siempre y, para arreglarlo más aún, te paseas entonando los himnos que te enseñan tus amigos falangistas, en lugar de las coplas de antes ¿Sabes cómo te llaman ahora? “Filomeno Músicas”, y no pienses que es un mote amable; lo dicen despectivamente, desde que amenizas el barrio con el Cara al sol y demás temitas...

Después de acabar la ración de callos y la segunda ronda de cañas, Filomeno y Benito se quedaron solos y entraron a la trastienda…

–Filomeno, vete ahora mismo, si no quieres que hoy se convierta en el peor día de tu vida. Están deteniendo a mucha gente…

–¡Pero qué dices, yo no he hecho nada!

–Nada salvo fanfarronear por ahí y, por si no lo sabes, estamos en guerra. ¡Vamos, lárgate! Quizás sea tu última oportunidad, tu tío puede sacarte de ésta.

Aquella noche fueron a buscarlo, no estaba en casa…

–…Vamos Benito, tú sabes algo del bocazas del Músicas.

–Claro que sé algo, que no es tan tonto como parecía, puesto que se ha esfumado y que yo no soy su niñera… Anda, vamos a la sede, que hay mucho trabajo por hacer.

 

Elena Terrones Hernández

  

FILOMENO MÚSICA

(Inspirado en el testimonio transmitido a GEFREMA por Don Bibiano Morcillo García, protagonista y testigo de los acontecimientos de julio de 1936 en el Cuartel de la Montaña.)  

El miliciano le hincó la punta del fusil en el esternón. “¿Éste?”, dijo.

Como un fogonazo pasaron por la memoria de Filomeno los recuerdos más remotos de su vida. El taller de carros de su padre en la calle del Almendro. La armónica que le regalaron cuando hizo su primera comunión. Los amigos del barrio que le decían al verle venir: “¡Filomeno! ¡Música!” Y él sacaba automáticamente la armónica del bolsillo y tocaba La tarara o La pelona y todos daban palmas o bailaban con aquello. Las tediosas y larguísimas jornadas escolares y los esfuerzos ímprobos que le costaba terminar sus tareas. Los capones que le daba el cura por su torpeza. Las burlas de los compañeros porque siempre era de los últimos de la clase. La primera rueda de carro que por fin consiguió centrar y la reacción perpleja e incrédula de su padre. Las primeras vistas furtivas con los amigos a las mujeres del barrio de Lavapiés. Pero también los recuerdos más recientes. Las primeras veces que su primo Severino le llevó a los actos de afirmación nacional de la Falange, su fascinación por aquel fasto pseudomilitar, y su orgullo cuando, concluidas las ceremonias, alguien decía: “¡Filomeno! ¡Música!” Y allí mismo sacaba su armónica y se ponía a tocar un pasodoble. La ilusión y los halagos de su madre las primeras veces que lució su uniforme falangista. La aventura de algunas algaradas callejeras en las que participó y de las carreras para burlar a la guardia de asalto. El exaltado entusiasmo con que acudió, con un gran pelotón de falangistas, a prestar su apoyo voluntario a los valientes del cuartel de la Montaña. El nudo que empezó a sentir en el estómago cuando les arengaron con voces desaforadas y órdenes militares a dar la vida por España, y cuando les fueron distribuyendo por las ventanas de aquel cuartel con un fusil en las manos. El espanto que congeló sus miembros cuando comenzó el estruendo y vio caer a varios compañeros con un tiro de la frente. La tremenda patada que alguien le arreó en el culo al grito de “¡¡Dispara, gilipollas!!” Después, tras aquel infierno, que parecía interminable, había venido un hondo y larguísimo silencio, lleno de pavor, lleno de incertidumbre. Había visto fugazmente a una ingente multitud, apenas audible, que se lanzaba al asalto del cuartel. Sus compañeros se habían despojado raudos de la camisa azul y habían salido precipitadamente de aquella estancia. Él había hecho lo mismo. Había conseguido mezclarse en el patio con el tropel de asaltantes. Pero cuando se dirigía hacia el gran portón de entrada, un soldado con la guerrera desabrochada le había zarandeado del brazo con energía diciendo: “¡Éste es un fascista!”

Ahora estaba allí, en camiseta, con las manos en alto, completamente descompuesto, con aquel acero clavado en el pecho y exclamando entre temblores:

–¡No!... ¡Yo, no!... ¡Yo soy marxista!... ¡Viva España! ¡Viva la República! Vio que el militar le miraba de arriba abajo y decía pausadamente, retirando el fusil del miliciano: “No. No es éste. Me he confundido.” En ese mismo instante percibió Filomeno que estaba pisando el charco de su propia orina. Se alejó como un borracho, incapaz de sostener la pesada carga de miedo y vergüenza que le oprimía. Al mismo tiempo, por encima de aquella tremolina, brincaban los acordes disonantes que algún inepto lanzaba soplando en una armónica.  

 

 Enrique Martínez Gorroño. 09.02.2009

    

HISTORIA DEL FILOMENO MÚSICA

Filomeno, más conocido por “el Música”, era un hombre cabal. En el año 35, atraído por las ideas de José Antonio Primo de Rivera, había decidido, en un gesto de arranque sin precedentes, afiliarse a Falange. La política y la justicia social le atraía, pero su pasión era la trompeta. Mozart, Haydn, Haendel, los “Reales fuegos de artificio” eran su especialidad. Por eso, cuando en el servicio militar el sargento le preguntó qué hacía en la vida civil, le contestó “música”. “¿Música qué?”, “Mu… Música, mi sargento.” “Muy bien, ya tenemos turuta”, dijo el sargento dirigiéndose al resto de la compañía para, a continuación, tenderle una corneta y espetarle un “toca algo”. Filomeno tocó, en aquel momento decisivo, el concierto para trompeta de Haydn de mala manera, por los nervios y lo primitivo del instrumento.

En el cuartel había de todo, de todas las filiaciones políticas, aunque él se reunía, claro está, con sus compañeros falangistas en la explanada del gimnasio todas las tardes, después de la bajada de bandera, donde, con gran virtuosismo, tocaba la oración a los caídos por la Patria. El sargento pensaba que no merecía la pena tanto esfuerzo y tanta nota tan bien modulada y siempre le decía por lo bajo: “Tú, Música, a ensayar después, acelera y termina de una vez que ya han arriado la bandera.” Así que Filomeno ensayaba en la citada explanada con su trompeta de verdad mientras el sol, rojo, naranja la más de las veces, se ponía al fondo sobre el horizonte de la Casa de Campo. Las notas melancólicas de la coral BWV 645, El despertar de los sueños, de Johann Sebastián Bach, se distribuían por el espacio. Lástima, sólo le faltaba el órgano y la pieza sería perfecta, pero Filomeno lo oía en su interior. Sus compañeros le escuchaban admirados mientras liaban cigarrillos y comentaban los rumores de una posible insurrección contra el gobierno frentepopulista, un alzamiento, una asonada.

Sí, desde luego algo iba a pasar, pensaba Filomeno, porque si no era así ¿para qué estaba el general Fanjul allí, con ellos, en el cuartel, con uniforme de gala?

Filomeno nunca había empuñado un fusil, excepto para disparar a las dianas de las maniobras y en la feria de su pueblo, y ahora se veía con uno en las manos y las cartucheras repletas. “Tú, Música, da el toque de atención” y allí estaba el general leyendo un bando del que sólo captó la frase “queda declarado el estado de guerra en todas las provincias de Castilla la Nueva.” Un mareo se apoderó de él, las notas de la música de Bach se adueñaron de su mente y ya no vio, ni oyó, más que explosiones, disparos, trozos de pared que caían al suelo, aviones y una valla que había que saltar para llegar abajo, a la vía del tren y al río. Se desprendió del fusil como de un elemento extraño que se había pegado a sus manos, alzó una pierna para saltar, miró atrás y vio su trompeta tirada, abandonada, en el suelo. La recogió y salió huyendo de aquella ensalada de tiros hacia donde todas las tardes, el sol, rojo, naranja la más de las veces, se ocultaba.

 

José Mª. Sánchez

 

 

AQUEL 20 DE JULIO

 

Todavía no puedo creerme que a nuestro General Fanjul lo hayan dejado solo, en el Cuartel de la Montaña, esa pandilla de traidores que ya no se merecen ni el nombre de militares. Y gracias a Dios que he salido vivo, pues debemos ser muy pocos los que podemos contarlo. Así que, como que me llamo Filomeno Música, que a mí no me pillan estos rojos asesinos y desaparezco de este Madrid cuanto antes.

Suerte que en la pensión llevo poco tiempo y nadie, ni los más jóvenes, saben que soy de Falange. Menos los vecinos del principal, los únicos decentes de toda la escalera y que conocen de siempre a mi familia. Son gente discreta y seguro que llegamos a un acuerdo: ellos ponen su Citröen para salir con algún pretexto y yo, gracias a la posición de mis padres, les puedo ser de gran ayuda hasta que los nuestros entren en Madrid, que tampoco irá para largo.

Bueno... ya estoy llegando pero... y ése ¿no es el coche? ¡Lo que le han pintado en las puertas! Habrán sido esos de las cartucheras, que hasta parecen alegrarse de verme.

¡Salud Filomeno! Ya era hora juerguista, llevamos rato esperándote... ¿¡Dónde te habrás metido!? Ahí tienes tu mosquetón y... arreando, que nos vamos a Somosierra a parar a esos fachas, si se atreven con nosotros.

 

Vicente González Vicente

 

 

TÚ, FILOMENO

 

Siempre te consideraste alguien distinto a los demás. Como un ser dotado de la clarividencia divina. Lo creías ver reflejado a través de tus ideas, lo querías plasmar en tus discursos, mediante tus palabras rebuscadas, que gozaban de una musicalidad propia de tu apellido. Música. Filomeno Música era tu nombre. Curioso y desconcertante al mismo tiempo.

Cuando supiste de José Antonio Primo de Rivera y de lo que pregonaba quedaste enseguida prendado; al parecer habías reconocido la verdad en la doctrina de aquel prohombre, de aquel iluminado hijo de general golpista; habías encontrado alguien que se asemejaba a ti. Le buscaste y le hallaste. Fuiste uno de sus primeros acólitos. Te hiciste confeccionar una camisa azul en una de las mejores sastrerías de Madrid y le acompañaste en sus actos capitalinos, colaboraste con plena disposición, incluso te viste involucrado en algún que otro jaleo con las izquierdas donde hubo algún que otro disparo. Lo hiciste sin pestañear, como un buen soldado. La disciplina era una de tus características. Te la impusiste desde el principio, decías que era fundamental en la vida de uno. Tú la llevaste a rajatabla. Aún dudo que te sirviera de algo.

Como todo el mundo en esos días, estabas nervioso, alterado. Se mascaba lo que iba a suceder, lo que unos y otros andaban buscando con encono desde hacía tiempo. Tú te habías posicionado y estabas a la espera de órdenes, dispuesto a actuar.

Con aquel calor de julio llegaron las noticias procedentes de Marruecos de que los militares se habían sublevado. Ya estaba todo el pescado vendido. Al día siguiente la llama prendió en las grandes plazas: Barcelona, Sevilla, Zaragoza… Madrid quedó a la espera. Por lo demás, noticias contradictorias de dónde había triunfado el alzamiento y dónde no. Tú desapareciste.

Los acontecimientos se desencadenaron el lunes. El cuartel de la Montaña fue el epicentro de la lucha. Y tú no estuviste allí. No sé si tus camaradas te echaron de menos, no debió darles tiempo. Y menos cuando irrumpieron en el edificio las coléricas jaurías sedientas de sangre y venganza. La alfombra de cadáveres que se extendió en el patio y las crujías del edificio no fue bordada con tu tejido de carne y hueso.

¿Dónde estabas Filomeno? ¿Dónde te habías metido? Tus camaradas acosados entre los muros de un viejo acuartelamiento y tú desaparecido. Tu disciplina, ausente. Tus ideas, mancilladas por ti mismo. La puesta en práctica de la doctrina, fuegos de artificio.

Alguien creyó ver tu figura espigada y quijotesca entre la muchedumbre. No vestías tu camisa azul impoluta; al contrario, vestías un mono y unas alpargatas. Gritabas consignas jamás reclamadas por tu boca; llevabas un Máuser, ariete de nuevas ideas. Fuiste arrastrado con la marea humana hasta las inmediaciones de la Plaza de España, y allí, desde un talud, te apostaste y disparaste contra el ladrillo milite. Música de descarga y olor a pólvora por todos lados. Tú sonreías.

¿Qué te sucedió Filomeno?

 

Fernando J. López

 

 

 

 

 

 

 

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